Tabaquismo y adolescencia

19 oct 2017 por Nev Haynes

Tabaquismo y adolescencia

¿Un futuro sin fumadores?

Se acaba de estrenar la película Bladerunner 2049 (Denis Villeneuve). Aunque las críticas no la ponen muy por las nubes, sin haber podido verla todavía, yo también dudo que sea mejor que su predecesora, Bladerunner (Ridley Scott, 1982), una obra maestra del cine de ciencia ficción. La trama gira en torno a los humanos y androides que conviven en un planeta Tierra post-apocalíptico, soportando una constante lluvia ácida que contribuye a crear una atmósfera opresiva, contaminada y oscura. Entre tanta niebla y polución, algunos personajes fuman constantemente, contribuyendo con una densa niebla azul a que nos asfixiemos, hasta que suena una melodía de Vangelis o damos un paseo en un coche patrulla volador. Una absorbente cultura de decadencia, violencia y una escena final con un rayo de esperanza. Un androide encarnado por Rutger Hauer, aferrándose a la vida, exhala sus últimas palabras a un perplejo Harrison Ford, en una de las escenas finales más famosas de la historia del cine: “He visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión…”. El cielo oscuro se abre y permite que una paloma, tal como pensaban los antiguos griegos, ascienda hacia la luz encarnando el alma del fallecido.

Mucho antes de este escenario futurista, Gonzalo Fernández de Oviedo, que en 1535 era el gobernador de Santo Domingo (La Española), describe la planta cuyo humo inhalaban los indígenas americanos, así como la pipa con la que la fumaban, llamada “tobago”, palabra de la que surge el nombre “tabaco”. Francisco Hernández de Bóncalo, enviado en 1570 a las Américas por Felipe II, estudió sus supuestas cualidades y a la vuelta sembró tabaco en un antiguo cigarral en los alrededores de Toledo. De ahí el nombre de cigarro. Poco podía imaginar aquel aventurero la magnitud y consecuencias de aquella empresa.

Hoy en día, en estas fechas post-vacacionales todavía me sorprende caminar por la calle y ver cómo algunos jóvenes vestidos con uniformes de colegio, con mochilas a la espalda, con acné juvenil y a quienes les está cambiando la voz, encienden un cigarrillo y se ponen a fumar, no sin cierta torpeza. El verano trae consigo una colección de nuevas experiencias con amigos y primos a los que emular. La muy temida edad del pavo ha desembarcado con toda su artillería, tal como los aliados hicieron en las playas de Normandía, curiosamente también en un verano, allá por 1944.

Las potenciales víctimas del tabaquismo tratan de adoptar una pose y unas maneras que recuerdan cómicamente a algún personaje de cine en blanco y negro como Sam Spade, aunque si yo les hablara a los nacidos en el siglo XXI del gran Bogie, la mayoría de ellos me mirarían atónitos sin saber que los primeros actores de Hollywood, no como los actores de hoy en día, más forzados por las exigencias del guión, fueron los mayores captadores de fumadores de la historia, a sueldo de las grandes marcas tabacaleras. Pero no olvidemos que tanto el mismo Humphrey Bogart como John Wayne, dos de los tipos más duros del celuloide, murieron de cáncer de pulmón.

Aquel anuncio del cowboy de Marlboro encendiendo un pitillo mientras contempla una puesta de sol a lomos de su caballo ya parece una lejana leyenda urbana. Hasta bien entrados los años 90, las marcas trataban de asociar con el hecho de fumar una imagen de virilidad y libertad, de fuerza y personalidad. Cuesta creerlo hoy en día, rodeados como estamos de una fiebre por la vida sana. De los siete actores que protagonizaron anuncios de Marlboro, cinco murieron por enfermedades asociadas al hábito de fumar, incluyendo cáncer de pulmón. Tristemente, los cigarrillos de la marca empezaron a ser conocidos como los cowboy-killers, o asesinos de vaqueros.

A las marcas de tabaco ya no se les permite patrocinar eventos deportivos como hacían antes y es bien cierto que cada vez se ven menos escenas en películas con personajes fumando. Afortunadamente, en la meca del cine, la MPAA (Motion Picture Association of America) califica las películas como R, o restringidas a que los menores de 17 años las vean acompañadas de un adulto, si algún personaje sale fumando, tal es la influencia que los estereotipos todavía ejercen sobre los adolescentes, así como la manera en que la población comienza a afrontar uno de los vicios más perniciosos jamás inventados.

El 52% de los adolescentes fuman por imitación. Aupados por la química de las hormonas, el desarrollo de la personalidad y la necesidad lógica de formar parte de un grupo o colectivo, los púberes quieren demostrar a sus pares y a sus mayores que ya no son niños. Sus cuerpos están experimentando cambios visibles y desean que el limbo que supone ya no ser pre-púberes ni ser aún adultos sea lo más breve posible. Los adolescentes necesitan modelos a imitar. Sus padres, sus ídolos musicales o las estrellas de la gran pantalla, incluso sus hermanos o primos mayores. Además se creen inmortales, intocables por la negra mano del cáncer.

Está demostrado que si una persona no ha fumado antes de llegar a la edad adulta, las probabilidades de engancharse a este mal vicio se reducen drásticamente. Los fabricantes de tabaco lo saben y los Ministerios de Sanidad también. Los jugosos impuestos que se recaudan a través de millones de fumadores que recargan las arcas del Estado cada vez que alguien compra un paquete de cigarrillos equivalen al gasto en armamento de un país. Y esto no es solo una expresión.

Según las cifras oficiales de la OTAN, España gastó 11.064 millones de dólares en 2016. Esta cifra representa un 0,91% de su PIB. Por su parte, la recaudación fiscal de España por impuestos especiales e IVA del tabaco se elevó a 9.110 millones de euros en 2016, y representa la quinta fuente de ingresos del Estado. En concreto, las ventas de cigarrillos equivalen al 87% de las ventas totales de tabaco. El 80% del precio de venta al público de las cajetillas equivale a impuestos. Pero no se engañen. Aquel mito de que al Estado le conviene cobrarnos impuestos para sacar tajada de este vicio colectivo es falso.

Según el Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT), los costes que generan los cuadros clínicos asociados al tabaco, suman un total de 15.800 millones de euros, un 15% de su presupuesto total en la Sanidad Pública. Y a esta cifra le podemos sumar el coste de las empresas públicas y privadas, que supera otros 7.500 millones de euros. En teoría habría que casi duplicar el PVP de cada cajetilla para cubrir los gastos en Sanidad derivados del tabaquismo. La oficina estadística comunitaria (Eurostat) calcula que el gasto sanitario y social del tabaco supone el 1,7% del PIB, aunque en el CNPT van más allá al creer que tal porcentaje podría superar el 2% si se computan todos los costes económicos emparentados con el hábito de fumar.

España gastó 11.064 millones de dólares en 2016. Esta cifra representa un 0,91% de su PIB. Por su parte, la recaudación fiscal de España por impuestos especiales e IVA del tabaco se elevó a 9.110 millones de euros en 2016, y representa la quinta fuente de ingresos del Estado

Hay otras cifras que son todavía más preocupantes: 1 de cada 14 varones en el mundo sufrirán cáncer de pulmón, frente a 1 de cada 17 mujeres. Solo en los EEUU, 225.000 nuevos casos se diagnostican cada año. En España, según la SEOM (Sociedad Española de Oncología Médica), uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres tendrá un cáncer a lo largo de su vida. Según la AECC, en 2015, 23.119 hombres y 5.205 mujeres fueron diagnosticados de cáncer de pulmón en nuestro país. Entre los varones es el tercer tipo de cáncer más frecuente después del cáncer de próstata y colorrectal. Entre las mujeres, es el cuarto más frecuente después del cáncer de mama, colorrectal y de útero. Combinado, el de pulmón es el tipo de cáncer más frecuente en el mundo. Se espera que lo padezcan en España más de 40.000 personas en 2035.

La edad media para empezar a fumar en España es de 13,9 años. Algo terrible, si uno piensa en la cantidad de cigarrillos que les queda por fumar a estas “potenciales víctimas”. Antes de cumplir la mayoría de edad, el 29% de los chicos y el 32% de las chicas han fumado alguna vez. Conforme pasa el tiempo, las cifras de fumadores pasan a un 20% de las mujeres y un 30% de los hombres, totalizando un 25% de la población española, por encima de los 15 años de edad. Como no se puede prohibir su consumo, o al menos nadie quiere ponerle el cascabel al gato, la única manera de erradicar estos números es concienciar a la población. No solo concienciando a los jóvenes de que fumar mata, sino también del coste económico, social y familiar. Si los adultos no fumamos tanto como lo hacían nuestros mayores, tal vez las nuevas generaciones imiten otros hábitos más saludables.

En teoría habría que casi duplicar el PVP de cada cajetilla para cubrir los gastos en Sanidad derivados del tabaquismo

En España, el Ministerio de Sanidad acaba de lanzar la campaña Non Smoking Challenge (Reto de No Fumar), usando técnicas de marketing viral entre los más jóvenes, sobre el hecho innegable de que fumar conlleva muchos perjuicios y ni un solo beneficio (http://www.nonsmokingchallenge.com). Islandia, por su parte, constituye un modelo a seguir en lo concerniente a prevención del alcoholismo juvenil, activando la campaña Youth in Iceland (Juventud en Islandia). El fomento del deporte y la vida sana está “causando estragos” entre los potenciales fumadores y bebedores, invirtiendo la tendencia del resto de países de la UE. Así, Finlandia ha pasado de ser un país con las tasas más elevadas de bebedores jóvenes a finales del siglo XX, a casi erradicar el consumo de alcohol entre jóvenes. Así que, como en Bladerunner, a pesar del panorama tan desolador, un rayo de esperanza permite atisbar un futuro sin humos. Eso sí que sería digno de verse, más incluso que atacar naves en llamas más allá de Orión, ¿no les parece?

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Categorías: Inyección Comunicación

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