No me quites el móvil

29 jun 2017 por Nev Haynes

No me quites el móvil
Sobre la nomofobia

Albert Einstein ya lo predijo: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.” El desaparecido Steve Jobs, visionario como pocos de lo que la tecnología nos deparaba, cuidaba con máxima cautela la educación de sus hijos. Pocos saben que éstos tenían prohibido tocar un iPad, debido al pernicioso efecto que la tecnología genera en el desarrollo de la creatividad de los niños, adolescentes o incluso adultos. La generación que creció jugando con balones de fútbol, canicas o montando en bicicleta se ha visto desplazada por auténticos freaks de pulgares súper-desarrollados, obsesionados con las redes sociales y conectados en todo momento a una red digital de contactos. El castigo más cruel que uno puede infligir a un adolescente es privarle de su teléfono móvil. Pero ¿qué nos pasa a los adultos si nos vemos privados de nuestro teléfono?

Albert Einstein ya lo predijo: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.”

La nomofobia (acrónimo del inglés no-mobile-phobia, o fobia de estar sin teléfono móvil) es la manifestación de la dependencia que tenemos del teléfono móvil y de estar permanentemente conectados y localizados. Nuestra vida digital supera a nuestra vida real. Las mismas personas que no te saludan por la calle te siguen en Facebook. Un adolescente publica una foto en Instagram y a las dos horas ya ha acumulado 500 likes. ¿Cómo es posible que un chaval que debería estar estudiando o haciendo deporte, que apenas ha conocido a gente en su corta vida, sea más eficiente que una agencia de relaciones públicas? Muy sencillo: esos 500 likes son a su vez de otros 500 adolescentes que están enganchados permanentemente y buscan la aprobación social virtual que jamás podrían encontrar en su vida real. La necesidad de que otros te feliciten por tus fotos ha desvirtuado la importancia de disfrutar de la verdadera experiencia.

No es normal ni es sano que uno se sienta desamparado sin su teléfono móvil. Proliferan los chistes sobre este problema, pero seguimos en las mismas. Una viñeta del hundimiento del Titanic y todos los náufragos sacando fotos con sus móviles en vez de nadar hacia un bote salvavidas. Un cibercafé con todos los clientes aterrorizados porque el único que está sentado, leyendo un libro y disfrutando de un café sin un portátil delante les parece un psicópata. Una amiga consuela a otra, sin comprender el motivo de su depresión, ya que según Instagram su vida parecía idílica. Es una paradoja que el instrumento que nos acerca a los que están lejos también nos aleje de los que tenemos más cerca.

Es una paradoja que el instrumento que nos acerca a los que están lejos también nos aleje de los que tenemos más cerca.

La revolución tecnológica que hemos vivido en los últimos veinte años ha sido posible gracias a tres elementos: Internet, los smartphones y las aplicaciones. La parte positiva de este “ménage à trois” está clara. Podemos hacer prácticamente cualquier gestión desde el teléfono móvil: transferencias bancarias, comprar casi cualquier cosa o servicio, realizar una videoconferencia o estar conectados en cualquier red social en tiempo real. Si fuera posible, tiempo al tiempo, dejaríamos que nuestro móvil preparara la cena o acercara a los niños al colegio. Pero no vayamos tan deprisa. El teléfono móvil ha evolucionado hasta convertirse en un amigo inseparable, pero tengamos cuidado con los falsos amigos. Vamos a retratar unos cuantos casos esclarecedores.

Estamos sentados en el coche, observando a los peatones que cruzan el paso de cebra situado justo delante de nosotros. Fijémonos en la cantidad de personas que cruzan los pasos de cebra prestando atención a la pantalla de su móvil en vez de mirar a izquierda o derecha. Tan peligrosa se ha vuelto esta costumbre que en algunas ciudades ya han instalado señales luminosas en el suelo, así como señales verticales advirtiendo a los conductores del peligro que supone cruzarse con “smombies”, o smartphone-zombies.

Caso contrario: esta vez, un conductor parado delante de nosotros en un semáforo no advierte que éste ha pasado a fase verde. Esperamos un par de segundos de cortesía para que el conductor arranque y vemos que el coche sigue con las luces de freno encendidas. Es casi seguro que el conductor haya aprovechado el medio minuto de parada obligatoria para enviar un par de mensajes por whatsapp y se ha quedado ensimismado en alguna conversación virtual, olvidando que está al volante de un automóvil. Al menos esta vez lo ha hecho mientras estaba parado.

Un restaurante cualquiera. Los comensales sacan sus respectivos móviles, hacen fotos de la comida, entran en Twitter, hacen una crítica en Trip Advisor y sonríen a sus pantallas mientras se sacan selfies con morritos, volviendo a su estado natural -será que su vida real es mucho más aburrida que sus vidas binarias- una vez que han subido una foto o un comentario. A veces esta operación puede durar varios minutos. Es gente que ha quedado para socializar pero que solo socializan con los que no están allí con ellos en ese momento.

Alguien camina por la calle, sosteniendo su teléfono de forma extraña frente a su cara y escuchando a continuación un mensaje de voz que alguien le envía. La siguiente respuesta no se hace esperar. Otro mensaje de voz grabado vuela en dirección hacia el receptor, repitiendo el proceso una y otra vez. Hemos pasado de la voz al SMS. Del SMS al whastapp. Del whatsapp al mensaje de voz. ¿No sería más sencillo llamar por teléfono?

Reunión de trabajo. Alrededor de una mesa se sienta media docena de personas, escoltados por sus teléfonos móviles. Las pantallas de uno o varios teléfonos se iluminan, vibran o emiten leves sonidos que notifican a sus propietarios de un evento ineludible, de vital importancia, algo que no puede esperar y hay que saber a toda costa de qué se trata, no vaya a ser que tal situación de vida o muerte requiera de nuestra respuesta, nuestra aprobación o de que enviemos un “OK”.

El colmo de esto es la aparición de los smartwatches que notifican “por si acaso” todo tipo de alarmas que recibe el móvil y que este envía al reloj por bluetooth. Un email, un evento en Facebook, una alarma de empleo en LinkedIn, un mensaje por whatsapp, un like en Instagram… la lista es interminable. Si ya teníamos bastante con las notificaciones del móvil, ahora tenemos que mirar el reloj cada vez que la pantalla de éste se enciende. No es casualidad que el descalabro de las ventas de este accesorio haya sido mayúsculo. La intromisión de la vida digital en la vida real ha sobrepasado incluso a los más enganchados.

Las empresas de Big Data y gigantes como Google y Facebook fomentan y se benefician de la nomofobia, dado que toda información es poca a la hora de ofrecernos productos y servicios que en muchos casos ni siquiera necesitamos. La sociedad del consumo alcanza sus cotas más altas con esta obsesión que nos distrae de lo que realmente importa: vivir, sin compartir o publicar todo lo que pensamos, decimos o hacemos.

Pero no todo está perdido. Hay una nueva generación de “desconectados” que vuelven a los orígenes. El teléfono móvil puro y duro. Ni más ni menos. En el último MWC, el evento más importante de telefonía móvil a nivel mundial y celebrado anualmente en Barcelona, una conocida marca de teléfonos resucitó para sus fans más incondicionales uno de sus feature-phones (teléfonos “no inteligentes”) más exitosos. ¿Se acuerdan de esas joyas para coleccionistas nostálgicos? Baterías eternas, teclados físicos para enviar SMS, carcasas intercambiables. Como los que prefieren montar en una bicicleta fixie (sin cambios), sencilla pero efectiva, el “zapatófono” no falla. Los desconectados prefieren limitar el acceso a su vida digital a las horas que pasan delante del PC. Lo más increíble de todo es que nos parecen unos excéntricos.

Pero no todo está perdido. Hay una nueva generación de “desconectados” que vuelven a los orígenes. El teléfono móvil puro y duro.

Hay una generación que ha vivido ese salto de la vida analógica a la vida digital. Contamos anécdotas a los adolescentes acerca de teléfonos fijos, maquinitas de bolsillo, Sony walkmans, televisores en blanco y negro, ordenadores Spectrum, juegos Atari y primeros teléfonos en los coches que parecían ladrillos. Hemos vivido esa mutación de todos los dispositivos hacia un ecosistema que ni el mismísimo Stanley Kubrick pudo prever en 2001: Una Odisea del Espacio. Con la ventaja que tenemos de haber sido testigos de tanto cambio, no hemos sido capaces de controlar tanta tecnología. No nos hemos adaptado con mesura y criterio a todo lo que dichos avances nos pueden ofrecer. Este empacho tecnológico puede servirnos de guía a la hora de educar, que no prohibir, a los más pequeños de la casa, más gravemente expuestos a esta clase de adicción que, como todas las adicciones, es mala por definición.

Todas esas cosas que un smartphone puede hacer, también pueden esperar. Hay que ver la vida a través de los ojos, no a través de la pantalla de un móvil. El teléfono (y esto sí que es una revolución) sirve para lo que menos lo usamos: para llamar y hablar con los demás. Seguro que incluso Einstein también hablaba por teléfono de vez en cuando.

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Categorías: Inyección Comunicación

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Un comentario en “No me quites el móvil

  • Susana

    Magistral, ojalá los niños y los no tan niños jueguen e inventen siempre , más allá de las máquinas , con su propia imaginación.

    Reply

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