Los animales al servicio de la ciencia

29 sep 2017 por Nev Haynes

Los animales al servicio de la ciencia

En la película “El Planeta de los Simios” (2001), la trama comienza en una estación espacial desde donde se envían naves tripuladas por chimpancés a misiones de exploración que pueden resultar peligrosas para el ser humano. Los espectadores comenzamos cogiéndole cariño al simpático Pericles, cuando le envían a una de esas misiones que acabará siendo catastrófica. ¡Qué raza más cruel, la nuestra!

No lo crean. La imagen de un grupo de simios, tan cercanos genéticamente a nosotros, enjaulados y enviados a una muerte más que probable nos puede parecer terrible y aberrante pero es, con matices, necesaria e inevitable. Solo en España, el año pasado se sacrificaron 300 macacos, pequeños monos que no gozan del privilegio de los grandes simios, con los que solo se experimenta para tratar enfermedades que pongan en peligro su propia especie o la nuestra, como es el caso del virus del ébola.

Dejando de lado historias de ciencia ficción, la perrita Laika fue enviada a una muerte segura cuando la lanzaron al espacio a bordo de la nave Sputnik 2, hace ya 60 años. Su muerte fue un paso necesario para probar las condiciones que tendría que soportar un cosmonauta como Yuri Gagarin en el espacio. Todo por la ciencia.

Del mismo modo que Leonardo Da Vinci ponía su arte y talento al servicio de Lorenzo el Magnífico, jefe de la casa de los Medici y señor de Florencia, la ciencia y la tecnología a lo largo de la Historia se han puesto al servicio del arte de la guerra, que destina ingentes sumas de dinero a labores de investigación. Hoy día se usan delfines entrenados para peligrosas misiones submarinas, como en su día se entrenaron perros equipados con mochilas explosivas para hacer volar tanques por los aires o se enviaron palomas mensajeras al otro lado de las líneas enemigas.

Solo en España, el año pasado se sacrificaron 300 macacos, pequeños monos que no gozan del privilegio de los grandes simios

Los animales han salvado innumerables vidas humanas. Los canarios que dejaban de cantar al caer intoxicados en las minas de carbón evitaban explosiones provocadas por el inodoro y temido grisú, salvando las vidas de los sufridos mineros. Los perros entrenados que se usan para rescatar contrarreloj a las víctimas de terremotos. No olvidemos a las ranas que todos los estudiantes hemos tenido que diseccionar en clase de biología. No en vano la expresión “conejillo de indias” se ha acuñado para designar a quienes hacen de beta-testers, o quienes cargan con el riesgo de que algo salga mal cuando se hacen experimentos, sean científicos o no.

Muchos animales también han sido objeto de cruel entretenimiento, exposición y divulgación. No hace falta remontarse a los tiempos del imperio romano, donde se capturaban y cazaban animales para entretener al vulgo. Los circos del siglo pasado, de los que todavía quedan vestigios como el célebre Ringling Bros. Barnum & Bailey Circus, han sido objeto de muchas críticas por parte de las asociaciones defensoras de los animales, que ven en los números realizados con elefantes, osos y caballos amaestrados una práctica humillante y antinatural. En “Greystoke, la Leyenda de Tarzán” (1984), un joven Christopher Lambert libera a su padre adoptivo, un viejo y achacoso primate, capturado, torturado y a punto de ser disecado por los conservadores del Museo de Historia Natural de Londres, en la era victoriana. Los zoos de todo el mundo han ido evolucionando, mejorando aquellas paupérrimas condiciones de vida de los animales que mantienen en cautividad desde la época de la Ilustración.

Antiguamente y hasta no hace mucho, cuando escaseaban los cadáveres humanos, las clases de anatomía humana se hacían más gráficas diseccionando el cuerpo de un cerdo, muy similar en cuanto a tamaño y proporciones al cuerpo humano. Incluso se crían cerdos para donar órganos y válvulas aórticas en cirugía cardiaca, así como para producir heparina, un anticoagulante. Del mismo modo se han probado en animales los efectos secundarios de medicamentos, drogas, vacunas, alimentos, maquillajes, etc. La industria farmacéutica y de cosmética tampoco se libra de ser acusada por los animalistas, puesto que llevan usando animales para realizar todo tipo de pruebas con ellos. Pero, ¿qué otra cosa podían hacer para evitar daños en seres humanos?

Hoy en día comienzan a utilizarse otros métodos menos agresivos y lesivos para el reino animal. Estos métodos incluyen pruebas in vitro con tejidos humanos cultivados o simulaciones matemáticas y químicas por ordenador con órganos virtuales. Sus defensores afirman que las pruebas realizadas con animales son menos fiables y mucho más costosas que las pruebas realizadas con estas últimas técnicas. Pero parece que éstos son cantos de sirena. Escuchemos la voz de los científicos.

Solo en España, en 2016 los laboratorios experimentaron con unos 800.000 animales, en un 85% ratones y ratas. Esto nos deja 120.000 conejos, perros, gatos, caballos, asnos y cerdos, entre otras especies. Afortunadamente para todos ellos, las cifras van disminuyendo progresivamente, lejos de los 2.7 millones sacrificados en 2009. Si bien los animalistas más radicales rechazan categóricamente todo uso o sacrificio de animales con fines científicos, llegando incluso a atentar contra la integridad física de investigadores o laboratorios, los 40.000 científicos que conforman la Confederación de Sociedades Científicas de España defienden su uso, sin lo cual sería inconcebible cualquier avance en la medicina o farmacología, tanto humana como veterinaria.

Las primeras vacunas se obtuvieron inoculando virus en vacas, cabras, ovejas y caballos. La insulina, vital para los enfermos de diabetes, se descubrió experimentando con perros. La vacuna contra el virus del papiloma humano, responsable del cáncer de útero, se descubrió con conejos y perros. Una vacuna experimental contra el ébola se ha probado con eficacia en primates, que además son víctimas de este letal virus en la Naturaleza. Sí, también los animales se benefician de estos descubrimientos científicos. Avances médicos contra dolencias tan graves como la parálisis por lesiones medulares, el Alzheimer o el cáncer serían inconcebibles sin las pruebas realizadas con animales. No olvidemos tampoco a las víctimas de enfermedades raras, cuya única salida es la experimentación con remedios en animales. Antes que probarlos en humanos, mucho mejor probar estos fármacos en ratones, ¿no creen?

Se crían cerdos para donar órganos y válvulas aórticas en cirugía cardiaca, así como para producir heparina, un anticoagulante

Si junto con los beneficios que se derivan de estas prácticas, comparamos la cifra de animales sacrificados por la ciencia con el número de animales que sacrificamos para nuestro consumo (y los roedores criados en granjas no forman parte de la dieta mediterránea), las tesis animalistas no salen del todo bien paradas. El número de reses, aves de corral y conejos sacrificados para consumo humano en España en el 2016 alcanzó los 876.000 ejemplares. Además, en nuestro país también se abandonaron 137.000 perros y gatos en el año 2016, de los que se sacrificaron alrededor de un 10% (unos 14.000).

Está claro que los humanos nos beneficiamos de los animales, aunque no podemos cosificarlos y hacer con ellos lo que se nos antoje. Los animales tienen sus derechos, y así empiezan a contemplarlo las leyes, otorgando derechos a “personas no humanas”, como es el caso de Sandra, un célebre ejemplar hembra de Orangután que reside en el zoológico de Buenos Aires. Sandra es uno de los grandes primates que los habitantes de Borneo llaman “hombres del bosque”. Si alguna vez observan a un gorila, un chimpancé o un orangután en el zoo y tienen la gran suerte de que establecer “contacto visual” con alguno de ellos, podrán ver que hay una parte de “humanos” en ellos, tanto como la hay de primates en nosotros. Estos magníficos animales gozan de pensamiento abstracto y tienen sentimientos. Son inteligentes y plenamente conscientes de su existencia. Parece que no somos los únicos sapiens del género homo.

Avances médicos contra dolencias tan graves como la parálisis por lesiones medulares, el Alzheimer o el cáncer serían inconcebibles sin las pruebas realizadas con animales

Miremos hacia atrás y reflexionemos. La evolución y la ciencia han hecho posibles que la raza humana haya sobrevivido y prevalecido a lo largo de milenios sobre las demás especies del planeta. Hay que respetar por ello a la Madre Naturaleza, que nos ha dado una oportunidad, y también confiar en la comunidad científica, al servicio de la Humanidad. Nosotros, como especie dominante, somos los únicos responsables de la gestión y explotación de los recursos minerales, vegetales y animales que nos rodean. Pero estos animales con los que compartimos nuestro mundo y de los que nos aprovechamos no pueden defender sus derechos en los tribunales. Por ello debemos ser inteligentes en el uso que hacemos de ellos y suficientemente sensibles para saber que no es bueno abusar de nuestra posición dominante, o la Naturaleza nos devolverá el golpe, antes o después. Ya lo decía Pericles (el griego, no el chimpancé espacial): “el tiempo es el más sabio consejero”.

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Categorías: Inyección Comunicación

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