La escasez de penicilina: Fleming contra Lime

22 may 2017 por Nev Haynes

La escasez de penicilina: Fleming contra Lime

Si preguntamos a cualquier estudiante de bachillerato quién fue Alexander Fleming, seguramente responderá que fue el descubridor de la penicilina, aunque no sepa qué es este medicamento y para qué se emplea. Dada la enorme trascendencia de aquel descubrimiento, que supuso un paso de gigante para la farmacología, este investigador británico fue galardonado con el Premio Nobel de medicina de 1955.

Sus detractores restaban méritos a su hallazgo, puesto que decían que solo la casualidad y el desorden de su laboratorio propiciaron el mismo. Además, la penicilina que él descubrió en 1929 aún no se podía inyectar para ser usada con fines farmacológicos hasta que Walter Florey y Ernest Chain -que compartieron el insigne galardón con Fleming- consiguieron purificarla con métodos químicos en 1940.

La metodología de ensayo y error, común en el campo de la investigación, refleja de forma clara la dificultad, paciencia, tesón y vocación de estos héroes anónimos que cada día trabajan encerrados en sus laboratorios para mejorar la vida de sus semejantes.

En el caso de Alexander Fleming, al renunciar a patentar su descubrimiento, evidenció su afán de ayudar a la Humanidad con fines puramente altruistas.

Para que nos hagamos una idea del regalo que nos hizo este señor, digamos que puso en manos de los médicos un remedio útil para combatir las enfermedades infecciosas, abriendo además con su particular metodología de trabajo un nuevo campo de investigación para el descubrimiento de nuevos fármacos antibióticos, algo por lo que la Humanidad entera debería estarle eternamente agradecida. Fleming mereció ese Premio Nobel no solo por sus méritos científicos y su enorme impacto y contribución a la medicina, sino también por su generosidad y amor por sus semejantes.

Cuando Fleming, Florey y Chain desarrollaron la penicilina inyectable, Europa y el resto del mundo estaba sumido en la barbarie del mayor conflicto bélico de la Historia, el escenario perfecto para experimentar con cualquier avance médico. Aquel revolucionario medicamento que podía salvar a los innumerables heridos de guerra se administró en masa a soldados y a la población civil antes de haber sido ensayado adecuadamente en ratas de laboratorio. Una sola dosis, que hoy día cuesta 1€, entonces costaba el equivalente actual de 300€, con lo que no tardaron en aparecer aquellos que veían una oportunidad de enriquecimiento ilícito.

En el largometraje “El Tercer Hombre” (1949), ambientada en la Viena de posguerra de 1945, el personaje Harry Lime, interpretado por el genial Orson Welles, se dedica al contrabando de penicilina adulterada, lo que provoca malformaciones neurológicas en aquellos que la consumen; en este caso, niños afectados por meningitis.

El trío protagonista lo completan los actores Joseph Cotten, que interpreta al amigo inocente de Harry Lime, un escritor poca monta que encarna con su inocencia al espectador inocente y desinformado, ajeno a toda esta injusticia hasta que le afecta personalmente y Trevor Howard, encarnando a un oficial británico que, testigo del drama e impotente ante la impunidad con la que cometen sus delitos, persigue con escasos medios a los criminales que se aprovechan de la miseria ajena. Seguro que, a estas alturas, si ustedes poseen un mínimo sentido de la indignación, ya se han identificado con alguno de estos dos personajes.

A quienes no hayan visto esta obra maestra del cine negro, se la recomiendo. No voy a destriparles la trama, pero sí les puedo decir que, setenta años después de su estreno, parece que las cloacas de Viena, donde el nefando personaje de Harry Lime se refugia para eludir a sus captores, profetizaban lo que es a día de hoy un submundo de intereses, injusticias y poderosos lobbies que impiden a un sinfín de pacientes tener acceso al generoso legado de un gran hombre.

Durante la SGM, millones de personas afectadas por enfermedades infecciosas provocadas por heridas de guerra pudieron salvar sus vidas gracias a penicilina. Hoy en día, afecciones graves, pero no tan masivas o tan solo presentes en los países más pobres del mundo, como la sífilis o la enfermedad reumática del corazón, convierten a la penicilina en un fármaco no tan rentable de producir como lo era hace décadas. Esto, unido al hecho de que los principales fabricantes occidentales como PFIZER dependan para su producción de terceros, proveedores sin escrúpulos que suministran el principio activo necesario para su fabricación, hacen que la oferta del medicamento sea escasa e intermitente.

Hoy en día, afecciones graves, pero no tan masivas o tan solo presentes en los países más pobres del mundo, como la sífilis o la enfermedad reumática del corazón, convierten a la penicilina en un fármaco no tan rentable de producir como lo era hace décadas.

¿Quién fabrica el principio activo Penicilina G benzatina? Tan solo un fabricante europeo (Sandoz, con sede en Austria) y tres fabricantes chinos. Ninguno de ellos cumple con la normativa europea que regula la sostenibilidad y el control de calidad del proceso de producción, con lo que nos encontramos con el siguiente problema: al no haber fabricantes homologados de penicilina, los hospitales tienen que racionar las reservas que tienen y suministrar medicamentos menos eficientes -pero más caros-, con el consiguiente riesgo para la salud de los enfermos. Parece que estemos de nuevo en plena Segunda Guerra Mundial y que Harry Lime haya dejado de ser un personaje de ficción.

Puesto que la situación no mejora, sino más bien al contrario, los organismos reguladores tienen que ceder ante la presión que supone la escasez de producción, con lo que se toman decisiones tan difíciles como aceptar partidas de medicamentos que podrían estar contaminados.

Un medicamento que en el pasado salvó a cientos de millones de personas, por el hecho de que hoy “solo” puede salvar a unas pocas decenas de millones de afectados por enfermedades en todo el mundo -33 Millones en el caso del reuma del corazón-, queda relegado a un segundo plano. Los fabricantes del principio activo no ceden y el resto del mundo agacha la cabeza, resignado. La cadena de suministro de un medicamento, por el hecho de no ser hoy tan popular, se interrumpe por mucho que lo demanden los laboratorios, la OMS, los hospitales o aquellos que sufren las peores consecuencias de este despropósito en sus propias carnes.

El mismo principio altruista que Fleming derrochó en 1929 hoy en día escasea en este mundo globalizado y deshumanizado. Millones de afectados no suponen suficientes millones de euros para justificar una inversión que no se recuperará jamás por la vía de los ingresos. La ley de oferta y la demanda prevalece sobre los principios que llevaron a un investigador a dedicar por entero su vida a salvar la vida de otros, anteponiendo el bien común al enriquecimiento personal o empresarial.

¿Tendremos que esperar a que se declare la Tercera Guerra Mundial para que los hospitales tengan reservas de penicilina? Con sus héroes y villanos, aún está por ver el final de esta historia que, como en la película de Welles, seguro que no dejará de sorprendernos.

 

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Categorías: Inyección Comunicación

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