Del baby boom al laboratorio: los niños fabricados en serie

08 ago 2017 por Nev Haynes

Del baby boom al laboratorio: los niños fabricados en serie

The Matrix (1999) es una película de ciencia ficción en la que la raza humana es cultivada por robots en úteros artificiales. El destino de la Humanidad queda en manos de las máquinas, que nos explotan y se nutren de nosotros como fuente de energía. Ambientada en el futuro lejano, esta película ahonda en la idea de la gestación artificial, concebida como algo masivo y mecanizado. Bastante apocalíptico, la verdad.

Louise Brown (Bristol, 1978), fue la primera “niña probeta”, seguida por otros cinco millones de personas que han nacido gracias a la fecundación in vitro. Sus padres no podían concebir, y los doctores que consiguieron el milagro llevaban dos décadas investigando la manera de ayudar a parejas con problemas de fertilidad. En principio no por ser mayores, sino por problemas meramente genitales en parejas jóvenes. Los motivos por lo que hoy en día se acude a una clínica de reproducción asistida son más variopintos que antes: edad más avanzada, estrés y polución que afectan a la calidad del esperma, familias monoparentales, matrimonios homosexuales o vientres de alquiler son algunos ejemplos. El último grito consiste en editar genéticamente embriones humanos para eliminar enfermedades congénitas.

La Generación X, a la que yo pertenezco, es aquella que siguió a la anterior generación “baby boom”, la generación de mis padres. Los llamados baby-boomers, fruto de un extraordinario repunte en la natalidad que se dio tras ese terrible conflicto bélico que fue la Segunda Guerra Mundial, son los abuelos de hoy.

Es mi generación la llamada Generación Perdida o de Transición, de los niños nacidos entre mediados de los 60 y hasta finales de los 70, seguida después por la cada vez más notoria Generación Y o de “millennials”, nacidos a partir de 1980. Ambos grupos, padres de los hogares de todo el mundo, dan paso a su vez a una cuarta camada: la Generación Z, de niños alumbrados a partir de 1995, y que siguen llegando de París.

El escenario sociodemográfico de aquella España de la transición democrática, así como del resto de Europa y del hemisferio norte, ha cambiado y sigue cambiando tanto que puede cuestionarse con argumentos que esas cuatro generaciones compartamos una misma cultura.

En términos generales, los baby-boomers cubrían sus necesidades con un solo sueldo, dado que la incorporación de la mujer al mercado laboral fue un proceso tímido y paulatino. El porcentaje de ingresos que se destinaba a los gastos de hipoteca era muy inferior al que destinamos hoy, dados los exiguos salarios y altos precios de los inmuebles en la actualidad, si los comparamos con los de aquellos años. Mientras que la edad media de emancipación para los españoles hoy es de 34 años, la generación anterior se casaba y tenía varios hijos antes de los 30. Nuestros padres nos llevaban de vacaciones a la playa o al pueblo, mientras que ahora gastamos mucho más en ocio, fruto del consumismo que se manifiesta en la ropa que vestimos, el coche que conducimos o los restaurantes que frecuentamos. Nuestros padres, hoy abuelos, eran mucho más austeros y frugales.

Gracias a esa frugalidad es fácil deducir que pudieron permitirse otros lujos. Entre ellos, tener más hijos a una edad temprana. Por supuesto, la cultura de entonces favorecía esto, si bien hoy en día el escenario es más complicado para procrear con los mismos resultados. Antes era el hombre quien traía el pan a casa. La mujer se quedaba administrando el hogar y ella era también la responsable de cuidar y educar a los hijos. La incorporación de la mujer al mercado laboral implica mayores tasas de desempleo, reducir los salarios, retrasar la edad de procreación y con ello reducir la cantidad de hijos por pareja, que salen más caros de mantener y educar que antes.

En España la tasa de natalidad es la más baja de Europa, con tan sólo 408.000 nacimientos, frente a los 677.000 nacidos en España 40 años antes. Las cifras no pueden ser más reveladoras: 1,33 hijos nacidos por mujer, frente a los 2,88 hijos por mujer en 1976. La edad media de las madres ha subido de los 28 años a los 32. Con menor número de nacimientos y una mayor longevidad, mayor envejecimiento de la población.

En España la tasa de natalidad es la más baja de Europa, con tan sólo 408.000 nacimientos, frente a los 677.000 nacidos en España 40 años antes.

Esta situación pone en jaque a las arcas públicas, que tienen que hacer encaje de bolillos para pagar las pensiones de quienes sí “cumplieron”, trayendo al mundo futuros contribuyentes para el Estado. Y así, la llamada de la Naturaleza de las españolas de hoy, aunque se deja oír, se oye tarde y en voz muy baja. La edad, el estrés, la polución y otros factores influyen negativamente en la fertilidad de hombres y mujeres.

En el mundo hay cerca de 50 millones de parejas infértiles, bien por cuestiones genéticas o por la edad, lo cual supone un jugoso botín. Sólo en los Estados Unidos, el negocio de la reproducción asistida mueve la friolera de 2.000 MM de dólares anuales. A escala mundial se estima que la cifra es unas diez veces mayor.

En el mundo hay cerca de 50 millones de parejas infértiles.

En España destaca sobre los demás el IVI (Instituto Valenciano de Infertilidad), que factura 160 MM de Euros anuales, con 50 centros en España y el extranjero. España es el país con más niños nacidos por reproducción asistida de Europa, con 25.000 nacimientos cada año. En el año 2014 se realizaron 116.000 fecundaciones in vitro (según datos del último Registro de la Sociedad Española de Fertilidad).

A nivel social, el tabú que suponía a los padres de hace 40 años admitir que a la hora de procrear necesitaban de un “empujoncito” se ha superado por la cantidad de casos de parientes, así como de conocidos que se encuentran en la misma tesitura. Al macho español de la transición no le hacía ninguna gracia admitir que su pluma carecía de tinta. ¡O tempora, o mores! Pero resulta alarmante el número de parejas que acuden a un especialista. Si no fuera por la ciencia parece que estuviéramos condenados a la extinción.

La medicina también ha avanzado, aumentando con ello la probabilidad de éxito de la inseminación artificial. El porcentaje de embarazos exitosos (que no partos) con ovocitos frescos es del 47%, mientras que con ovocitos congelados el porcentaje de éxito se rebaja a un el 33%. Conviene interpretar estas cifras con cautela, dado que no todas las parejas son iguales y cada caso es diferente a los demás.

El desgaste psicológico que la búsqueda de descendencia supone para la pareja también es menor, si bien la presión que un tratamiento prolongado implica para la estabilidad de la pareja conlleva sinsabores difíciles de paliar si no se ataja esta experiencia con la adecuada preparación mental.

El Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia advierte de casos como las clínicas de reproducción asistida de Australia, que engañosamente ofrecen garantías de éxito altamente improbables. Una vez más el negocio se antepone a la ética y al bien común, llevándose consigo la ilusión, las esperanzas y el dinero de muchas parejas.

Todos estos avances médicos no están exentos de polémica, puesto que las organizaciones religiosas se oponen a la fecundación in vitro, así como a la congelación de embriones. La cosa no queda ahí, debiéndose contemplar los más variopintos escenarios. Aunque en muchos países los vacíos legales dan lugar a situaciones difíciles en el caso de parejas divorciadas que hayan congelado preembriones, en España La Ley 14/2006 determina que los progenitores o dueños legales de los óvulos fertilizados firman un documento de autorización sobre su destino, contemplando la situación de divorcio y pudiendo revocar o modificar las condiciones de dicho consentimiento en cualquier momento. Pasados los cuatro años, los gametos criogenizados por el centro de reproducción asistida pasan a ser propiedad de éste, pudiendo ser usados por parte de los dueños legales para su inseminación, donados tanto con fines reproductivos como de investigación o destruidos definitivamente.

Frente a escenarios aparentemente tan complicados, curiosamente, Louise Brown y su hermana Natalie, nacida 6 años más tarde mediante la misma técnica, tuvieron a sus primeros hijos concebidos de forma natural y a los 28 y 23 años de edad, respectivamente. Parece que ellas sí tenían claro que no querían pasar por la experiencia de sus padres y optaron por ser madres de forma natural y a una edad más temprana.

El mundo evoluciona y como es lógico no podemos quedarnos anclados en los años de posguerra. Pero la población envejece a un ritmo vertiginoso y la situación adquiere tintes dramáticos. Dejando de lado cualquier motivo religioso, pasando por encima de un estilo de vida consumista y obviando los esfuerzos de la ciencia por mostrar nuevas formas de procrear para quienes no tienen más remedio que ponerse en manos de un médico, antes deberíamos fomentar los valores familiares de los baby-boomers, por motivos meramente instintivos y de supervivencia de la población. Sin tratar de ser apocalípticos, si no nos empeñamos en compaginar la vida laboral de las mujeres con la vida familiar, de alguna forma subvencionar o incentivar la maternidad entre aquellas profesionales que no quieren renunciar a progresar profesionalmente, por ser esencial e insustituible su papel procreador, la idea de una raza humana engendrada cada vez más frecuentemente de forma artificial, como en la película The Matrix, dejará de ser sólo un guión de película.

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Categorías: Inyección Comunicación

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Un comentario en “Del baby boom al laboratorio: los niños fabricados en serie

  • Susana

    Ojalá los tiempos cambiasen , pero la sociedad empuja con fuerza.
    Qué mujer va a renunciar a su independencia económica , ( más allá del éxito profesional )?
    Es aconsejable para ellas?
    Pues o el mundo gira de nuevo hacia estilos de vida más naturales , o la sofisticada vida actual se acentuará efectivamente hacia todas las tendencias modernas.

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